No sé qué me pasa, pero últimamente no me reconozco

No sé qué me pasa

«No sé qué me pasa.»

Quizá esa frase lleve tiempo rondándote la cabeza.

No porque haya ocurrido algo grave. De hecho, desde fuera puede parecer que todo sigue igual. Trabajas, haces planes, cuidas de las personas que quieres, cumples con tus responsabilidades… pero, por dentro, algo ha cambiado. Ya no disfrutas igual de las cosas, te cuesta ilusionarte y hay días en los que sientes que funcionas en piloto automático. Aunque sigues haciendo lo que siempre has hecho, sabes que no te sientes como antes.

Y lo más desconcertante es no saber explicar esa sensación. Igual no sabes exactamente qué ha cambiado ni cuándo empezó. Solo sabes que no quieres seguir sintiéndote así. 

Cuando esto pasa solemos pensar que primero tenemos que entender qué nos pasa y solo después decidir qué hacer.

Sin embargo, esta es precisamente una de las razones por las que muchas personas comienzan un proceso de coaching. No porque sepan exactamente qué les ocurre, sino porque sienten que necesitan comprender mejor lo que están viviendo y recuperar la sensación de estar conectadas consigo mismas.

Pero ¿y si fuera justo al revés? ¿Y si esa comprensión no fuera el punto de partida, sino uno de los primeros resultados del camino?

No siempre sabemos poner nombre a lo que estamos viviendo

Estamos acostumbrados a pensar que los cambios empiezan cuando identificamos claramente el problema. «Estoy bloqueada.» «Quiero cambiar de trabajo.» «Necesito aprender a poner límites.» Cuando somos capaces de ponerle nombre a lo que vivimos parece más fácil imaginar una solución.

Sin embargo, muchas personas no llegan así. Llegan diciendo algo mucho más sencillo: «No sé qué me pasa.»

Y detrás de esa frase suele haber una suma de pequeñas señales que, vistas por separado, parecen no significar demasiado, pero juntas cuentan una historia distinta. La sensación de que ya no te reconoces, de que hace tiempo que haces lo que toca sin preguntarte qué necesitas tú, de que sigues funcionando pero hace tiempo que dejaste de sentir que estabas eligiendo cómo vivir. O simplemente notas que algo no encaja, aunque todavía no sepas explicar exactamente qué.

No hace falta saber qué significa todo eso para reconocer que merece la pena prestarle atención.

La comprensión no siempre llega antes de empezar

Muchas personas creen que un proceso de coaching empieza cuando tienes muy claro qué quieres trabajar. Y entonces buscas a alguien que te ayude.

Mi experiencia es otra.

A menudo empieza con una frase como esta:

«No sé muy bien qué me pasa.»

Y nunca me parece un mal punto de partida.

Porque no hace falta llegar con respuestas. No necesitas saber exactamente qué quieres cambiar ni ser capaz de explicar con precisión qué te ocurre. A veces basta con una sensación persistente que lleva tiempo diciéndote que algo no encaja.

Y a partir de ahí, en el proceso, poco a poco empiezan a conectarse cosas que antes parecían aisladas. Descubres patrones que habías normalizado, tomas consciencia de necesidades que llevaban tiempo esperando su espacio y empiezas a diferenciar qué decisiones nacen realmente de ti y cuáles responden a la costumbre, las expectativas o el miedo.

La claridad no suele ser el requisito para empezar un proceso de coaching. Muy a menudo es uno de sus primeros resultados.

Muchas personas esperan tener esa claridad para dar el paso. Y otras empiezan precisamente porque todavía no la tienen.

¿Por qué cuesta tanto verlo una misma?

Porque cuando llevamos mucho tiempo dentro de una situación perdemos perspectiva. Nos acostumbramos a determinadas formas de vivir, justificamos decisiones que quizá hace tiempo dejaron de tener sentido y dejamos de hacernos preguntas importantes. No porque nos falte capacidad, sino porque es muy difícil observar con claridad aquello de lo que formamos parte.

Por eso algunas conversaciones alivian y otras transforman. Una amiga puede ayudarte a sentirte acompañada y pensar a solas puede servir para ordenar algunas ideas. Sin embargo, un proceso de coaching tiene otro propósito. Consiste en ayudarte a comprender mejor qué estás viviendo para que puedas decidir con más libertad.

 

Ese camino suele empezar escuchándote con más atención. A medida que desarrollas una mayor consciencia sobre lo que estás viviendo, empiezas a ver opciones que antes no veías y puedes tomar decisiones con más libertad.

El riesgo de seguir esperando

Cuando pensamos que primero necesitamos entenderlo todo, es fácil quedarse esperando. Esperando a que la sensación desaparezca, a que llegue un momento de claridad o a que, de repente, todo encaje.

Mientras tanto, la vida sigue. Trabajas, cuidas de los demás, cumples con tus responsabilidades… y esa sensación permanece.

No siempre se hace más intensa. A veces simplemente se vuelve más familiar. Aprendemos a convivir con ella hasta el punto de dejar de preguntarnos si esa es realmente la vida que queremos vivir.

Y quizá ese sea el mayor riesgo.

La claridad puede ser el comienzo

Tal vez no necesites esperar al día en que, por fin, todo cobre sentido. Tal vez ese día llegue precisamente porque has decidido empezar antes de tener todas las respuestas.

La claridad muy a menudo aparece durante el proceso.

Y eso cambia por completo el punto de partida. Ya no necesitas esperar a sentirte preparada para empezar. Solo necesitas darte permiso para comprender mejor lo que estás viviendo y descubrir desde ahí qué decisiones quieres tomar.

Si llevas tiempo diciéndote «no sé qué me pasa», quizá una primera conversación puede ayudarte a poner orden a todo eso que hoy todavía no sabes explicar, comprender mejor lo que estás viviendo y empezar a tomar decisiones con más libertad. Si sientes que ha llegado ese momento, estaré encantada de acompañarte.

¿Te gustaría que lo trabajáramos juntas?

La primera sesión es gratuita. Un espacio para conocernos, resolver tus dudas y descubrir juntas si este proceso es lo que necesitas en este momento.

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