¿Por qué algunas conversaciones nos resultan tan difíciles?

Pareja en silencio antes de una conversación difícil.

Lo que nos asusta no suele ser la conversación. Es lo que sentimos que puede ocurrir cuando la tenemos.

Todos tenemos alguna conversación pendiente.

Quizá con nuestra pareja. Con un familiar. Con un amigo. Con una compañera de trabajo. O incluso con nosotros mismos.

Es una conversación que llevamos días, semanas o incluso meses posponiendo. Sabemos que, tarde o temprano, tendremos que afrontarla, pero siempre encontramos un motivo para esperar un poco más. «Ahora no es buen momento». «Ya se dará la ocasión». «Quizá no sea para tanto». «Igual acaba solucionándose solo».

Mientras tanto, la conversación sigue ocupando espacio en nuestra cabeza.

Lo curioso es que muchas veces no la evitamos porque no sepamos qué decir. La evitamos porque imaginamos todo lo que puede pasar después de decirlo.

¿Qué tienen de especial las conversaciones difíciles?

Cuando pensamos en una conversación difícil solemos imaginar un conflicto: poner un límite, reclamar algo, expresar un desacuerdo o comunicar una mala noticia. Pero las conversaciones difíciles son mucho más que eso. También puede resultar difícil pedir perdón, expresar una necesidad, reconocer un error, agradecer algo importante o hablar de cómo nos sentimos.

¿Qué tienen en común todas ellas?

Lo que las convierte en difíciles es que ponen algo importante para nosotros en juego. Una relación. Una necesidad. La imagen que creemos que la otra persona tiene de nosotros. La posibilidad de decepcionar. O, simplemente, el miedo a no sentirnos comprendidos.

Por eso sentimos que no es una conversación cualquiera.

No nos asustan las palabras

A veces pensamos que lo difícil es encontrar la frase adecuada.

Sin embargo, la mayor parte de las veces el verdadero reto no está en las palabras, sino en la exposición que implican, es decir, que exponen una parte de nosotros que preferimos no mostrar.

Además, cuando decidimos decir lo que pensamos, pedir lo que necesitamos o expresar cómo nos sentimos, dejamos de controlar lo que ocurrirá después. La otra persona puede entendernos o no hacerlo. Puede acercarse o alejarse. Puede estar de acuerdo o reaccionar de una forma que no esperamos.

Y esa incertidumbre es incómoda.

En realidad, muchas conversaciones nos resultan difíciles porque nos hacen vulnerables.

Todo lo que imaginamos antes de hablar

Si observas con atención qué pasa por tu cabeza antes de una conversación importante, probablemente aparezcan pensamientos parecidos a estos:

«Seguro que se lo toma mal.»

«No va a servir para nada.»

«¿Y si piensa que estoy exagerando?»

«No quiero hacerle daño.»

«¿Y si esto cambia nuestra relación?»

Sin darnos cuenta, empezamos a mantener la conversación… pero solo en nuestra imaginación.

Ensayamos respuestas, anticipamos discusiones, interpretamos lo que el otro dirá y construimos escenarios que todavía no existen. Cuanto más tiempo pasa, más difícil parece hablar. No porque la conversación haya cambiado, sino porque nuestra cabeza ha ido llenando el silencio de muchas hipótesis.

Por eso solemos evitarlas

Cuando una conversación nos genera tanta tensión solemos reaccionar de tres maneras: la evitamos, la posponemos o terminamos abordándola desde el enfado, la impulsividad o el cansancio acumulado.

Ninguna de estas opciones suele ayudarnos.

Evitar una conversación puede proporcionarnos un alivio inmediato, pero rara vez resuelve aquello que nos preocupa. Al contrario. Lo que no expresamos sigue estando presente. A veces se transforma en distancia. Otras, en resentimiento. O en esa sensación, difícil de explicar, de que algo ya no fluye igual entre dos personas.

Las conversaciones que no tenemos no desaparecen.

Siguen influyendo en la relación.

Y también en nosotros.

La vulnerabilidad no es el problema

Durante mucho tiempo hemos asociado la vulnerabilidad con la debilidad, como si mostrar nuestras emociones, reconocer un error o expresar una necesidad nos hiciera perder fuerza.

Sin embargo, ocurre justo lo contrario.

Hace falta mucho más valor para decir con honestidad «esto me ha dolido», «me equivoqué», «necesito esto» o «no puedo seguir así» que para seguir callando.

La vulnerabilidad no consiste en contarlo todo ni en exponernos sin medida.

Consiste en atrevernos a mostrarnos cuando la relación lo necesita.

Y eso no nos hace más frágiles.

Nos hace más auténticos.

Una conversación pendiente nunca se queda quieta

Hay una idea que me parece especialmente importante.

Cuando evitamos una conversación solemos pensar que estamos dejando las cosas como están.

Pero no es así.

La relación sigue evolucionando.

Nosotros seguimos interpretando.

La otra persona también.

Y la conversación pendiente continúa creciendo en silencio.

Por eso, en muchos conflictos relacionales no falta más tiempo, ni más paciencia, ni más buena intención.

Lo que falta es una conversación.

Antes de aprender a preparar una conversación difícil, creo que merece la pena detenerse un momento.

Piensa en esa conversación que llevas tiempo posponiendo.

¿Qué estás intentando proteger al evitarla?

Quizá pienses que estás protegiendo la relación.

O quizá estés intentando protegerte del rechazo, del conflicto, de la culpa o de la posibilidad de decepcionar a la otra persona.

Nombrarlo no resolverá la conversación.

Pero puede ayudarte a comprender por qué te cuesta tanto dar el primer paso.

Porque, muchas veces, la conversación más difícil no empieza cuando nos sentamos delante de la otra persona.

Empieza mucho antes, en el momento en que nos atrevemos a mirar con honestidad qué es lo que realmente nos está frenando.

 

Una nota sobre este artículo

Este artículo nace a partir de los aprendizajes adquiridos durante mi formación en el curso Conversaciones difíciles, impartido por el Centro de Estudios del Coaching.

La estructura conceptual y muchas de las ideas que aquí comparto proceden de esa formación. A partir de ellas he elaborado este artículo con mi propia forma de escribir, mi experiencia profesional y mi manera de acompañar a las personas.

Quiero agradecer al Centro de Estudios del Coaching la profundidad con la que aborda este tema y la influencia que ha tenido en mi forma de entender las conversaciones difíciles.

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