Hay una sensación que aparece con más frecuencia de la que imaginamos y que, sin embargo, pocas veces nos atrevemos a nombrar con claridad.
La de no ser suficiente.
No suele presentarse de una forma rotunda. Más bien se cuela en el día a día. Cuando terminas una jornada y, aunque no hayas parado ni un minuto, sientes que podrías haber hecho más. Cuando alguien reconoce tu trabajo y tú, casi sin darte cuenta, le quitas importancia. Cuando consigues algo que llevabas tiempo persiguiendo y la satisfacción dura apenas unos instantes, porque enseguida aparece un nuevo objetivo, un nuevo reto o una nueva razón para pensar que todavía no has llegado.
Desde fuera puede parecer que todo va bien. Desde dentro, la sensación es otra. Como si siempre existiera una versión mejor de ti esperándote un poco más adelante y tuvieras que seguir esforzándote para alcanzarla.
No creo que exista una única explicación para esta experiencia. Sería demasiado sencillo. Detrás pueden convivir la historia de cada mujer, las relaciones que ha vivido, el entorno en el que ha crecido, su personalidad o las circunstancias que atraviesa en este momento. Pero sí hay una pregunta que, cuando aparece, suele abrir una puerta diferente.
No es: «¿Qué me pasa?»
Es otra.
¿Con qué estoy comparando mi vida para concluir que no es suficiente?
Cuando el problema no eres tú
Porque cuando sentimos que no damos la talla, casi siempre ponemos el foco en nosotras mismas. Pensamos que deberíamos ser más pacientes, más organizadas, más seguras, más constantes o gestionar mejor nuestras emociones. Damos por hecho que el problema está en nosotras y que la solución consiste en mejorar.
Sin embargo, rara vez nos detenemos a revisar desde qué criterio nos estamos evaluando. Y esa diferencia es importante.
Todas tenemos una idea, aunque muchas veces no sea consciente, de lo que significa ser una “buena madre”, una “buena profesional”, una “buena pareja”, una “buena amiga” o, simplemente, una mujer que lo está haciendo “bien”. No solemos cuestionarla porque ni siquiera la vemos. Está tan integrada en nuestra forma de mirar el mundo que deja de parecernos una idea para convertirse en una evidencia.
Si te preguntara qué es para ti una “buena madre”, probablemente empezarías hablándome de alguien que cuida, acompaña, pone límites, escucha y quiere profundamente a sus hijos. Pero si siguiéramos explorando esa imagen, es posible que empezaran a aparecer otras expectativas que nunca habías formulado de manera consciente. Quizá una “buena madre” también debería llegar a todo, mantener siempre la calma, saber qué hacer en cada momento, disfrutar de la maternidad incluso cuando está agotada, no perder la paciencia, estar disponible, no equivocarse demasiado y conseguir que todas las piezas de su vida encajen.
Lo mismo podría ocurrir si habláramos de una “buena profesional”, una “buena pareja” o una “buena hija”. Poco a poco iría apareciendo una imagen muy concreta de cómo crees que deberías ser. Una imagen que no necesariamente alguien te enseñó de forma explícita. Muchas veces se construye a partir de pequeños mensajes, de experiencias, de lo que observamos, de lo que interpretamos que se espera de nosotras y de las conclusiones que vamos sacando a lo largo de la vida. Sin darnos cuenta, dejamos de vivir esas ideas como interpretaciones y empezamos a vivirlas como si fueran la realidad.
Lo que nunca nos enseñaron a revisar
Y cuando eso ocurre sucede algo curioso: ya no revisamos el ideal. Nos revisamos a nosotras.
Cada vez que sentimos que no llegamos, damos por hecho que somos nosotras las que tenemos que cambiar. Nos esforzamos un poco más. Intentamos hacerlo mejor. Buscamos organizarnos de otra manera, leer otro libro, aprender otra herramienta o exigirnos un poco más de paciencia. Pero pocas veces nos preguntamos si lo que necesita cambiar no es nosotras, sino la definición desde la que estamos intentando ser una “buena madre”, una “buena profesional” o una “buena pareja”.
Creo que ahí empieza un cambio importante.
El ideal que nadie puede alcanzar
Cuando hacemos consciente ese ideal ocurre algo muy interesante. Por primera vez podemos observarlo con cierta distancia y preguntarnos si esa definición tiene algún sentido.
Generalmente lo que descubrimos es que es un ideal inalcanzable, algo imposible para una persona.
El ideal no tiene emociones, no dispone de un tiempo limitado, no se agota ni se pone enfermo. El ideal lo soporta todo, pero las personas no.
Y después, cuando esa imagen deja de ser invisible, puedes empezar a hacerte otra pregunta:
¿Qué es realmente para mí, hoy, ser una “buena” madre, profesional, hija o pareja?
Se trata de revisar la definición desde la que te estás evaluando. De dejar de compararte con un ideal que ninguna persona podría sostener para empezar a construir una referencia más humana, más realista y, sobre todo, elegida conscientemente por ti.
Porque la diferencia es enorme.
Mientras el ideal permanece oculto, dirige tu vida sin que apenas te des cuenta.
Pero cuando lo haces consciente, puedes revisarlo, conservar aquello que realmente tiene sentido para ti y soltar aquello que nunca elegiste y que, sin embargo, llevaba años diciéndote que nunca eras suficiente.
Y si la pregunta fuera otra…
La pregunta no es si estás siendo suficiente.
La pregunta es si la vida que estás intentando construir responde a un ideal que llevas años persiguiendo sin darte cuenta o a una forma de ser y de vivir que has elegido conscientemente.
Porque, cuando el camino deja de consistir en parecerte a alguien que no existe y empieza a parecerse un poco más a ti, esa sensación de no ser suficiente pierde parte de su fuerza.
¿Te gustaría que lo trabajáramos juntas?
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